Este no es un día más de su particular síndrome de Estocolmo. Hoy el calendario le
recuerda que 365 jornadas más se acumulan a sus espaldas, y le parece increíble cuánto
ha cambiado su vida desde hace un solo año. Ayer, Al Martum le hizo el regalo de un
placer desconocido, nunca vivido, le hizo sentir que se elevaba sobre todas las cosas
y perdía el control de su cuerpo como nunca. Por momentos, se olvidó de su extraña
realidad, de su embarazo e, incluso, de si misma.
Esta mañana es distinta. Hoy cambia una cifra en el número que representa su edad, lo
que le invita a hacer recuento de daños y, sorprendentemente, también de alegrías; de
amigos y de enemigos, de deseos y obligaciones.
Mientras disfruta del sol de la mañana en la acogedora terraza de su habitación con
espectaculares vistas, saborea un té dulce y verde y reflexiona. En un auténtico
desorden, piensa en aquello que ha quedado atrás sin ella pretenderlo: su antigua vida,
su trabajo, su familia, sus amigos... ¿Cómo estará Sab? ¿Y Guille? ¿Sufrirán por ella?
¿La estarán buscando? ¿Por qué no la encuentran?
También se pregunta si de verdad desea que den con ella, puesto que a su prisión dorada
ya no la siente como tal prisión... “¿Cómo puedo estar pensando lo que pienso? Esta no
es mi vida. ¿Ya he descartado todo lo que soy, todo lo que me ha hecho ser yo, todo lo
que me ha llevado hasta este punto?”
-Tengo que proponerte algo, cariño. ¿Te importa si te interrumpo?
Al sonido de la voz del árabe, que oye a sus espaldas, Eme detiene el engranaje de sus
cavilaciones y mira su taza de té. Depositada a su lado, una pequeña caja de terciopelo
azul espera a ser abierta.
-Claro que no me importa, Mohamed. ¿Qué es esto? ¿Se debe a mi cumpleaños? No
hacía falta, de veras. Ayer ya me hiciste un buenísimo regalo...-sonríe Eme con toda la
picardía de que es capaz, mientras le guiña un ojo graciosamente.
-Este no es un regalo cualquiera, preciosa. Es un símbolo. Ábrelo.
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London Blogging Night
¡Hola!
El relato con el que inauguramos esta aventura se tituló London Bloggin Night y es una historia de amistad con todos los ingredientes de una novela de intriga: una desaparición misteriosa, un personaje siniestro, pasiones, miedos e incertidumbres. Puedes encontrar los 47 capítulos en el archivo.
Ahora iniciamos una Isla de Relatos (casi perversa) donde intentaremos contar historias que os evadan un rato, a la vez que os provoquen. Queremos que paséis un tiempo, sea el que sea, pero que sea memorable.
Patricia & Isabel
El relato con el que inauguramos esta aventura se tituló London Bloggin Night y es una historia de amistad con todos los ingredientes de una novela de intriga: una desaparición misteriosa, un personaje siniestro, pasiones, miedos e incertidumbres. Puedes encontrar los 47 capítulos en el archivo.
Ahora iniciamos una Isla de Relatos (casi perversa) donde intentaremos contar historias que os evadan un rato, a la vez que os provoquen. Queremos que paséis un tiempo, sea el que sea, pero que sea memorable.
Patricia & Isabel
Mostrando entradas con la etiqueta Dubai. Mostrar todas las entradas
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martes, 3 de febrero de 2015
lunes, 8 de septiembre de 2014
Capítulo 38. Un giro inesperado
A punto de estallar. Así siente Eme su cabeza en aquella bella mañana, rodeada
del lujo, ya habitual para ella, de su suite en Dubai. Cuando piensa en cuánto había
deseado en el pasado llegar a disfrutar de lo mismo que ahora, le parece que lo ha
ansiado otra persona en otra vida. Su impresión diaria es la de estar inmersa en una
pesadilla continua. Un mal sueño envuelto de cosas caras que hoy acaba de dar un
vuelco sorprendente.
No deja de darle vueltas a la escena donde todo empezó, a partir de la cual su vida dejó de ser la de siempre. Aquel apuesto y retador Stephen -en realidad, un títere- que le retó en un hotel famoso de Londres hace un millon de años. ¿De verdad comenzó esta "aventura" aquella noche? Todo aquel entramado y su mismo inicio, ¿precisamente le había tocado a ella, a pesar de todo el glamour que se respiraba en aquella fiesta? ¿Era ella la más distinguida e interesante de la reunión? No puede creerlo de ninguna de las maneras. Por eso Eme se tortura con una idea que se va montando en el engranaje de su cerebro, una sospecha lejana que implica tener la sensación de que, tal vez, quien pensó en embaucarla y llevarla "al huerto" es alguien que puede conocerla muy bien.
Eme desecha esa intuición con destinatario una y otra vez, quizás por demasiado absurda, enrevesada y, sobre todo, sumamente desconfiada. Entonces no tiene más remedio que volver a lidiar con el azar y con la confianza en su poder de atracción de otras personas y no en la doblez y traición de un amigo. Eme sonríe con amargura. "Ojalá no hubiese llamado la atención de nadie, ni nadie me hubiese deseado. Ojalá hubiese pasado desapercibida: no estaría metida entonces en esta trampa".
Lo único que embellece la trampa de Eme es la delicadeza y las atenciones que sigue brindándole el dubaití Mohammed Al Martum, y también la imagen persistente en sus retinas de una cruz de color azul en la ventana de resultados.
Azul como el cielo que ahora está mirando, azul como la tradición que otorga ese color a los varones recién nacidos. "¿Cómo he podido llegar a esto? -se pregunta la versión prisionera de Eme-. Yo siempre pongo medidas, y ahora, además, me obligan a tomarlas. ¿Que me ha pasado? Nunca me olvido, y no he tomado recientemente antibióticos por ninguna causa...". La versión libre de Eme le contesta que, tal vez, las drogas que le administran sus "carceleros" hayan inhibido los efectos de las pastillas. Y añade: "Debo reconocer que imaginar una vida creciendo en mi interior me da mariposas en el estómago, a pesar de todo".
¿De quien es este hijo? Del marchante francés que se ha vuelto a la capital británica o del jeque Al Martum? La segunda opción renueva, en las dos versiones de la joven, la sensación de libertad que experimentó unos días atrás. Y hace cábalas, cual tahúr de pacotilla, acerca de si es el destino o la casualidad el que le ha arrastrado hasta este momento.
Quienquiera que sea el causante desconoce que le ha regalado una inesperada felicidad. Ser madre, y fantasear con que la criatura tendrá rasgos arabes, se le antoja ahora la mejor de las suertes.
No deja de darle vueltas a la escena donde todo empezó, a partir de la cual su vida dejó de ser la de siempre. Aquel apuesto y retador Stephen -en realidad, un títere- que le retó en un hotel famoso de Londres hace un millon de años. ¿De verdad comenzó esta "aventura" aquella noche? Todo aquel entramado y su mismo inicio, ¿precisamente le había tocado a ella, a pesar de todo el glamour que se respiraba en aquella fiesta? ¿Era ella la más distinguida e interesante de la reunión? No puede creerlo de ninguna de las maneras. Por eso Eme se tortura con una idea que se va montando en el engranaje de su cerebro, una sospecha lejana que implica tener la sensación de que, tal vez, quien pensó en embaucarla y llevarla "al huerto" es alguien que puede conocerla muy bien.
Eme desecha esa intuición con destinatario una y otra vez, quizás por demasiado absurda, enrevesada y, sobre todo, sumamente desconfiada. Entonces no tiene más remedio que volver a lidiar con el azar y con la confianza en su poder de atracción de otras personas y no en la doblez y traición de un amigo. Eme sonríe con amargura. "Ojalá no hubiese llamado la atención de nadie, ni nadie me hubiese deseado. Ojalá hubiese pasado desapercibida: no estaría metida entonces en esta trampa".
Lo único que embellece la trampa de Eme es la delicadeza y las atenciones que sigue brindándole el dubaití Mohammed Al Martum, y también la imagen persistente en sus retinas de una cruz de color azul en la ventana de resultados.
Azul como el cielo que ahora está mirando, azul como la tradición que otorga ese color a los varones recién nacidos. "¿Cómo he podido llegar a esto? -se pregunta la versión prisionera de Eme-. Yo siempre pongo medidas, y ahora, además, me obligan a tomarlas. ¿Que me ha pasado? Nunca me olvido, y no he tomado recientemente antibióticos por ninguna causa...". La versión libre de Eme le contesta que, tal vez, las drogas que le administran sus "carceleros" hayan inhibido los efectos de las pastillas. Y añade: "Debo reconocer que imaginar una vida creciendo en mi interior me da mariposas en el estómago, a pesar de todo".
¿De quien es este hijo? Del marchante francés que se ha vuelto a la capital británica o del jeque Al Martum? La segunda opción renueva, en las dos versiones de la joven, la sensación de libertad que experimentó unos días atrás. Y hace cábalas, cual tahúr de pacotilla, acerca de si es el destino o la casualidad el que le ha arrastrado hasta este momento.
Quienquiera que sea el causante desconoce que le ha regalado una inesperada felicidad. Ser madre, y fantasear con que la criatura tendrá rasgos arabes, se le antoja ahora la mejor de las suertes.
sábado, 5 de julio de 2014
Capítulo 36: Una sensación de libertad
Un hombre imponente. Exquisito. Educado como un auténtico gentleman al más puro estilo británico, personificaba la amabilidad y la elegancia en todo lo que hacía, en su forma de hablar, vestir y comportarse. Muy moreno, de penetrantes ojos negros, sonrisa de blancos dientes que parecía brillar en la oscuridad y breve perilla pulcramente cuidada, atraía las miradas excitadas de las mujeres y la envidia de los hombres. Si algo le faltaba a quien Eme debía “honrar” y acompañar aquellos días “por gentileza” del autoritario Pierre Dutroy, no era dinero, ni prestigio, ni poder, ni extravagancia… Culto y sensible, amaba el arte contemporáneo y todo lo que a él se refería. Y esa mujer de Barcelona era para él una pieza muy especial.
Tanto valor le otorgaba que la trataba con una delicadeza rayana en la obsesión. Como aquella mañana. Mientras Eme aún seguía entre sábanas, aquel hombre se inclinó hacia ella, le acarició la mejilla con la misma suavidad que hubiera empleado para no quebrar un frágil cristal y le besó en la frente. Desde su altura de casi dos metros, envuelto hasta los pies en su blanco y veraniego thawb y cubierta la cabeza con su habitual kuffiyya -demostración, en su caso, del orgullo que sentía por su identidad árabe-, le pidió con el sumo cuidado con que siempre se dirigía a ella que se levantara, desayunara y se vistiera “tan preciosa como cada día que tengo la fortuna de compartir contigo”, según sus propias palabras.
Menos de dos horas después, el jeque Mohammed Al Martum se sienta en primera fila de la sala de subastas de la delegación de Christie’s en Dubái. A su derecha, hay una dama espectacular, engalanada con una maravillosa abaya negra y el talle adornado por un grueso cinturón azul del que pende una tela vaporosa del mismo azul, que se desliza hasta tocar el suelo. Así luce Eme: espléndida y a la moda de la desproporcionada ciudad de los Emiratos Árabes.
Tanto valor le otorgaba que la trataba con una delicadeza rayana en la obsesión. Como aquella mañana. Mientras Eme aún seguía entre sábanas, aquel hombre se inclinó hacia ella, le acarició la mejilla con la misma suavidad que hubiera empleado para no quebrar un frágil cristal y le besó en la frente. Desde su altura de casi dos metros, envuelto hasta los pies en su blanco y veraniego thawb y cubierta la cabeza con su habitual kuffiyya -demostración, en su caso, del orgullo que sentía por su identidad árabe-, le pidió con el sumo cuidado con que siempre se dirigía a ella que se levantara, desayunara y se vistiera “tan preciosa como cada día que tengo la fortuna de compartir contigo”, según sus propias palabras.
Menos de dos horas después, el jeque Mohammed Al Martum se sienta en primera fila de la sala de subastas de la delegación de Christie’s en Dubái. A su derecha, hay una dama espectacular, engalanada con una maravillosa abaya negra y el talle adornado por un grueso cinturón azul del que pende una tela vaporosa del mismo azul, que se desliza hasta tocar el suelo. Así luce Eme: espléndida y a la moda de la desproporcionada ciudad de los Emiratos Árabes.
martes, 20 de mayo de 2014
Capítulo 35: El otro cuento de las mil y una noches
Aquel hombre al que conocí las primeras semanas de mi estancia en Dubái, iba a resultar una pequeña tregua en mi penosa existencia, hasta que mis raptores decidieron cambiar el escenario de mi esclavitud. Sin embargo, en el país de la artificialidad y la grandilocuencia, hasta la libertad tiene un coste muy alto y yo lo pagué por encima de mis posibilidades.
Pierre Dutroy, al que llamé siempre por su apellido para mantener la distancia si no física al menos formal, hizo que olvidara mi condición de objeto sexual a pesar de que estuvo pagando y haciendo uso de ella sin prejuicios. Tenía el suficiente aplomo financiero y social como para actuar según su voluntad, además de 50 años de experiencias que le avalaban. Su solvencia, en términos económicos y de personalidad, le hacía irritable pero a la vez tremendamente cautivador.
Desde la ventana de la planta 123 del Burj Khalifa intentaba alcanzar la parte más lejana del horizonte para llegar hasta el recuerdo de Sabela cuando el Sr. Dutroy interrumpió mi metafórico viaje.
- Eme, vístete. Quiero que me acompañes a una reunión.
- No entra dentro de mis funciones, Sr. Dutroy. Contesté sin apartar la mirada de la ventana.
Hizo como si no me escuchara y continuó sus instrucciones.
- Quiero que te pongas este vestido, discreto y elegante. Una mujer como tú puede desviar la atención de cualquier profesional de negocios. La reunión de hoy es muy importante para los míos.
- No voy a ponerme ningún vestido Sr. Dutroy. No entra dentro de mis funciones. Insistí en tono impertinente, a la vez que desinteresado.
Tras haberle contestado, sentí una presión dolorosa en mi brazo derecho y en cuestión de segundos mi cuerpo giró involuntariamente 180 grados. Las manos de Pierre me agarraron con fuerza y casi escupiéndome de rabia me espetó: Te doy 30' para hacer exactamente lo que te he dicho o te devolveré a la jaula de oro de la que te he sacado.
Pierre Dutroy, al que llamé siempre por su apellido para mantener la distancia si no física al menos formal, hizo que olvidara mi condición de objeto sexual a pesar de que estuvo pagando y haciendo uso de ella sin prejuicios. Tenía el suficiente aplomo financiero y social como para actuar según su voluntad, además de 50 años de experiencias que le avalaban. Su solvencia, en términos económicos y de personalidad, le hacía irritable pero a la vez tremendamente cautivador.
Desde la ventana de la planta 123 del Burj Khalifa intentaba alcanzar la parte más lejana del horizonte para llegar hasta el recuerdo de Sabela cuando el Sr. Dutroy interrumpió mi metafórico viaje.
- Eme, vístete. Quiero que me acompañes a una reunión.
- No entra dentro de mis funciones, Sr. Dutroy. Contesté sin apartar la mirada de la ventana.
Hizo como si no me escuchara y continuó sus instrucciones.
- Quiero que te pongas este vestido, discreto y elegante. Una mujer como tú puede desviar la atención de cualquier profesional de negocios. La reunión de hoy es muy importante para los míos.
- No voy a ponerme ningún vestido Sr. Dutroy. No entra dentro de mis funciones. Insistí en tono impertinente, a la vez que desinteresado.
Tras haberle contestado, sentí una presión dolorosa en mi brazo derecho y en cuestión de segundos mi cuerpo giró involuntariamente 180 grados. Las manos de Pierre me agarraron con fuerza y casi escupiéndome de rabia me espetó: Te doy 30' para hacer exactamente lo que te he dicho o te devolveré a la jaula de oro de la que te he sacado.
lunes, 21 de abril de 2014
Capítulo 34: Sherezade en Dubái
Lujo y desmesura. Grandilocuencia. Construcciones que buscan arañar el cielo,
y también luz, mucha luz. Reflejada por la arena, por los cristales y metales de
sofisticados lugares y por el agua salada del Khawr Dubayy, curso de agua que atraviesa la ciudad y se sospecha que la bautiza. Un
mundo de fantasía y desproporción habitado sobre todo por extranjeros de procedencias
diversas, unos atraídos por el glamour y la ostentación, otros por negocios y aún otros
más por conseguir un empleo en un destino con tantas posibilidades.
“Tal cual ‘Las Mil y Una Noches’, con su Sherezade y todo incluida en el pack”, piensa Eme, rodeada de riqueza y distinción pero prisionera. Y su vida dependiendo del entretenimiento y seducción que sea capaz de otorgar a sus acompañantes a la fuerza… “¡Maldita pesadilla!”.
Por más que ahora se encuentre en la deslumbrante y llamada “Venecia del Golfo”, antiguo puerto pesquero dedicado hasta el siglo XX al comercio de perlas y, más tarde, convertida en meca del petróleo a partir de la década de los 60. Por más que Dubái, la esplendorosa y principal metrópolis de uno de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) cercana a la capital de Abu Dabi, también sea ahora meca de más actividades en apogeo, como la construcción, el comercio, los servicios financieros y el turismo de compras. A pesar de todo ello, lo único que le importa es que sigue enjaulada. Eso sí, con barrotes de diamantes y una presuntamente exquisita compañía.
Quien la agasaja en este nuevo capítulo de su aciaga y extraña aventura es otro marchante de arte, por supuesto, relacionado esta vez con Christie’s. Con oficinas en 34 países, la casa de subastas es la más antigua del mundo, creada en 1766 por el británico James Christie’s y, en la actualidad, propiedad del magnate Françoise Pinault, cuyo hijo –valga el dato curioso– está casado con la actriz Salma Hayek. Una de las delegaciones de una de las firmas más famosas relacionadas con el arte es Christie’s Dubai, situada en el centro internacional de finanzas Gate Village.
“Tal cual ‘Las Mil y Una Noches’, con su Sherezade y todo incluida en el pack”, piensa Eme, rodeada de riqueza y distinción pero prisionera. Y su vida dependiendo del entretenimiento y seducción que sea capaz de otorgar a sus acompañantes a la fuerza… “¡Maldita pesadilla!”.
Por más que ahora se encuentre en la deslumbrante y llamada “Venecia del Golfo”, antiguo puerto pesquero dedicado hasta el siglo XX al comercio de perlas y, más tarde, convertida en meca del petróleo a partir de la década de los 60. Por más que Dubái, la esplendorosa y principal metrópolis de uno de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) cercana a la capital de Abu Dabi, también sea ahora meca de más actividades en apogeo, como la construcción, el comercio, los servicios financieros y el turismo de compras. A pesar de todo ello, lo único que le importa es que sigue enjaulada. Eso sí, con barrotes de diamantes y una presuntamente exquisita compañía.
Quien la agasaja en este nuevo capítulo de su aciaga y extraña aventura es otro marchante de arte, por supuesto, relacionado esta vez con Christie’s. Con oficinas en 34 países, la casa de subastas es la más antigua del mundo, creada en 1766 por el británico James Christie’s y, en la actualidad, propiedad del magnate Françoise Pinault, cuyo hijo –valga el dato curioso– está casado con la actriz Salma Hayek. Una de las delegaciones de una de las firmas más famosas relacionadas con el arte es Christie’s Dubai, situada en el centro internacional de finanzas Gate Village.
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