Ni la luz blanca, que dulcifica los contornos de todo y anuncia un día primaveral a través de las rendijas de una funcional persiana, consigue rebajar la tensión existente en un despacho de Samara, Rusia. Tres hombres sentados en el sofá del centro de la minimalista estancia escuchan con la máxima atención el discurso de la mujer de facciones duras que permanece en pie ante ellos.
A todos los integrantes de esta reunión los conocemos. Los tratantes de arte Stephen y John y el “amigo” de Eme, Guille, están deseando que su jefa, Ludmila, termine, de una vez, de echarles el sermón.
-¿Cómo hemos permitido que sucediera esto? ¿En qué estabais pensando? Menuda cuadrilla sois. No se puede contar con vosotros.
Mientras la rusa sigue desgranando su frustración y enfureciéndose más a medida que habla, los tres hombres se hacen las mismas preguntas que ella, tienen las mismas dudas: “¿Cómo es posible que Eme se haya quedado embarazada? Creíamos tenerlo todo controlado. ¿Qué vamos a hacer ahora? Esto no lo habíamos previsto… Pero no nos pongamos nerviosos. De lo que ha ocurrido seguro que también podemos sacar tajada”.
Como si les hubiera leído los pensamientos, Ludmila expone sus planes y se encarga de dejar claro a su auditorio que espera que no salgan mal esta vez:
-Hemos de averiguar lo antes posible de qué sexo es la criatura. Si es una niña, tengo proyectos para ella. La podemos utilizar bien: últimamente están muy de moda las tendencias pedófilas. Todos tenemos nuestros vicios, ¿no es cierto? Si no existiera doblez en la condición humana, en que es difícil distinguir los instintos de la razón, nosotros no tendríamos trabajo.
Tanto Guille como Essol y Avery están de acuerdo con ella, aunque sea por distintos motivos. A John y Stephen sólo les importa el negocio. A Guille, la venganza. Ludmila sabe que opinan lo mismo, y que sólo hay un cabo suelto: el árabe está haciendo demasiadas preguntas, parece que quiere liberar a Eme, casarse con ella y ejercer de padre de su hijo. Desea ayudarla a volver a casa, a ver a su familia, a sus amigos.
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London Blogging Night
¡Hola!
El relato con el que inauguramos esta aventura se tituló London Bloggin Night y es una historia de amistad con todos los ingredientes de una novela de intriga: una desaparición misteriosa, un personaje siniestro, pasiones, miedos e incertidumbres. Puedes encontrar los 47 capítulos en el archivo.
Ahora iniciamos una Isla de Relatos (casi perversa) donde intentaremos contar historias que os evadan un rato, a la vez que os provoquen. Queremos que paséis un tiempo, sea el que sea, pero que sea memorable.
Patricia & Isabel
El relato con el que inauguramos esta aventura se tituló London Bloggin Night y es una historia de amistad con todos los ingredientes de una novela de intriga: una desaparición misteriosa, un personaje siniestro, pasiones, miedos e incertidumbres. Puedes encontrar los 47 capítulos en el archivo.
Ahora iniciamos una Isla de Relatos (casi perversa) donde intentaremos contar historias que os evadan un rato, a la vez que os provoquen. Queremos que paséis un tiempo, sea el que sea, pero que sea memorable.
Patricia & Isabel
Mostrando entradas con la etiqueta Ludmila. Mostrar todas las entradas
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martes, 7 de abril de 2015
jueves, 7 de agosto de 2014
Capítulo 37: El sabor de la traición
Llevaba meses en esa particular jaula de barrotes dorados pasando por los brazos de allanadores de propiedades privadas. El ritual de cortejo venía tamizado por el color del dinero cuyo montante concertaba la cita con mayor o menor urgencia. Salvo en mi última experiencia, con Pierre Dutroy, no solían repetirse los clientes. John Essol, marioneta conducida por la fría y controladora Ludmilla, me preparaba concienzudamente. Yo no fui coinsciente hasta tiempo después, cuando apenas podía prescindir de ellas, pero si era necesario, me administraba ciertas drogas para atenuar mi temple. Medía la dosis con precisión, para que no vomitara cuando esos cuerpos extraños me poseían, ni me privara del todo de mi conciencia. Nadie se percataba porque en ese instante todos esos "nadies" eran egoístas y soeces.
Con Pierre Dutroy, mi cliente número 7, no fue así. Desde el principio pidió que yo estuviera natural y fresca. Me despojaron de abalorios y presentaron sin maquillar excesivamente. Creo que les dio miedo perder el negocio alterando mi estado. Blindó mis servicios previo pago de una cantidad cinco veces mayor que la tarifa habitual. Los contrató durante las siguientes cuatro semanas. En la primera ya pensé que había vuelto a nacer. Estábamos disfrutando los últimos días de la cuarta cuando sentí esos bofetones que te dan la bienvenida a la vida y provocan el llanto:
- Estas van a ser nuestras últimas horas en Dubai, Eme.- Me dijo mientras cenábamos en la suite del hotel Armani, ante la fantástica vista sobre el Golfo. Los negocios me reclaman en Londres. Regreso en el primer vuelo de mañana.
Aquellas palabras cayeron sobre mí como una losa. Creo que hasta me encogí ligeramente. Mis ojos se clavaron en un punto indeterminado de Dubái y apenas sentí el latido de mi corazón. Iba a quedarme de nuevo sola, sobada por nuevas y asquerosas palmas, a merced de mis raptores y sometida a sus designios
- Ha sido un placer conocerte Eme. No tienes nada que ver con otras chicas con las que he estado.
"¿Chicas con las que he estado?" Esto sí fue una gran bofetada para devolverme a la realidad. Tal y como lo dijo, me veía claramente como ese grupo de mujeres que se valen de su cuerpo para acceder a un mundo de glamour y diversión. Yo no era una chica de compañía!!! ¿Se había pensado que yo hacía esto voluntariamente? Cierto que con él no fingía como con otros, pero de ahí a pensar que prefería estar alejada de mi familia, de mis amigos, de Sabela, ...privada de mi libertad!!!! Sentí una rabia descomunal que hizo que me pusiera en pie para vomitarle todo lo que yo era en verdad.
Antes de que pudiera esgrimir palabra, llamaron a la puerta y John Essol entró como una exhalación casi sin esperar el permiso de Pierre quien, sorprendido, exclamó. ¡Qué oportuna visita! Quería verte para acabar de cerrar nuestros "asuntos" pendientes. Pensé que debía ser yo ese "asunto" aunque nada tuviera de "pendiente". Me dolió la frialdad con que se tomaba nuestra relación. Por unos días había olvidado el carácter transaccional que tenía. Lo detesté. Me pareció vulgar, indigno, desmerecedor. John asintió cómplice y ambos me dejaron en la suite, acompañada de esa especie de eunuco que tenían de vigilante.
En ese mismo instante, no muy lejos de allí, una mujer policía llamada Cristina Ruiz aterrizaba en el aeropuerto internacional de Dubái para encontrarse con su enlace en la zona de Oriente Medio. Tras sus años de experiencia conocía bien las dos velocidades que puede alcanzar una investigacion; la de la vía oficial y la de las rutas clandestinas. "Si tu viaje es de ida, coge el camino más seguro. Si también quieres volver, ve por el camino más corto", solía decir. Ella tenía 3 días para volver a Barcelona, el tiempo que su jefe le había dado de vacaciones tras su último éxito policial. Todavía no había informado a su superior del entramado que estaba investigando precisamente porque su viaje era de ida y vuelta y sabía que su camino rozaría los andenes de la legalidad.
Con Pierre Dutroy, mi cliente número 7, no fue así. Desde el principio pidió que yo estuviera natural y fresca. Me despojaron de abalorios y presentaron sin maquillar excesivamente. Creo que les dio miedo perder el negocio alterando mi estado. Blindó mis servicios previo pago de una cantidad cinco veces mayor que la tarifa habitual. Los contrató durante las siguientes cuatro semanas. En la primera ya pensé que había vuelto a nacer. Estábamos disfrutando los últimos días de la cuarta cuando sentí esos bofetones que te dan la bienvenida a la vida y provocan el llanto:
- Estas van a ser nuestras últimas horas en Dubai, Eme.- Me dijo mientras cenábamos en la suite del hotel Armani, ante la fantástica vista sobre el Golfo. Los negocios me reclaman en Londres. Regreso en el primer vuelo de mañana.
Aquellas palabras cayeron sobre mí como una losa. Creo que hasta me encogí ligeramente. Mis ojos se clavaron en un punto indeterminado de Dubái y apenas sentí el latido de mi corazón. Iba a quedarme de nuevo sola, sobada por nuevas y asquerosas palmas, a merced de mis raptores y sometida a sus designios
- Ha sido un placer conocerte Eme. No tienes nada que ver con otras chicas con las que he estado.
"¿Chicas con las que he estado?" Esto sí fue una gran bofetada para devolverme a la realidad. Tal y como lo dijo, me veía claramente como ese grupo de mujeres que se valen de su cuerpo para acceder a un mundo de glamour y diversión. Yo no era una chica de compañía!!! ¿Se había pensado que yo hacía esto voluntariamente? Cierto que con él no fingía como con otros, pero de ahí a pensar que prefería estar alejada de mi familia, de mis amigos, de Sabela, ...privada de mi libertad!!!! Sentí una rabia descomunal que hizo que me pusiera en pie para vomitarle todo lo que yo era en verdad.
Antes de que pudiera esgrimir palabra, llamaron a la puerta y John Essol entró como una exhalación casi sin esperar el permiso de Pierre quien, sorprendido, exclamó. ¡Qué oportuna visita! Quería verte para acabar de cerrar nuestros "asuntos" pendientes. Pensé que debía ser yo ese "asunto" aunque nada tuviera de "pendiente". Me dolió la frialdad con que se tomaba nuestra relación. Por unos días había olvidado el carácter transaccional que tenía. Lo detesté. Me pareció vulgar, indigno, desmerecedor. John asintió cómplice y ambos me dejaron en la suite, acompañada de esa especie de eunuco que tenían de vigilante.
En ese mismo instante, no muy lejos de allí, una mujer policía llamada Cristina Ruiz aterrizaba en el aeropuerto internacional de Dubái para encontrarse con su enlace en la zona de Oriente Medio. Tras sus años de experiencia conocía bien las dos velocidades que puede alcanzar una investigacion; la de la vía oficial y la de las rutas clandestinas. "Si tu viaje es de ida, coge el camino más seguro. Si también quieres volver, ve por el camino más corto", solía decir. Ella tenía 3 días para volver a Barcelona, el tiempo que su jefe le había dado de vacaciones tras su último éxito policial. Todavía no había informado a su superior del entramado que estaba investigando precisamente porque su viaje era de ida y vuelta y sabía que su camino rozaría los andenes de la legalidad.
lunes, 20 de enero de 2014
Capítulo 31: El baile de máscaras
Te sorprendería saber la de cosas que no puedo hacer sin ti Sab. Debería haberme preparado para ello. Siempre pensé que dependías tú más de mí que yo de ti. Ahora que estoy aquí aislada y esclavizada, he necesitado tu ausencia para entender mi propia presencia. Tu fragilidad, en apariencia física que no moral, siempre ha hecho que fuera yo la que sentenciaba y tú la que acatabas. Ahora que te otorgo en herencia la titularidad de ser imprescindible, tú ni siquiera estás cerca para aceptarla.
Llevo unas semanas aquí sometida a la celebración de un auténtico baile de máscaras. Finalmente he entendido que es mejor ponerme una cada vez, a poder ser de diferentes personajes, para que ellos me traten mejor. He conocido a una mujer en apariencia angelical, que ha resultado vestir la piel de una mantis religiosa. Su nombre es Ludmila y la primera frase que me regaló fue: "Vamos a utilizar esa cara y ese cuerpo para llevar a muchos hombres al cielo. De ti depende que tú subas con ellos". Yo pensé que ese cielo nada tenía que ver con el destino al que de niña mandábamos a las buenas personas.
Desde que apareció Ludmila todos se comportan diferente. John es un auténtico baboso con ella. Besa hasta su sombra, conformándose con recrear el deseo que siente por ella en silencio. Ludmila, consciente de su poder, le utiliza para satisfacer su ego llevándole de guardaespaldas o porteador, según necesite. Stephen está más serio. Parece que la respeta pero percibo una gran rivalidad entre ambos. Recuerdo la primera impresión que tuve cuando le conocí, rodeado de mujeres en la terraza del hotel Me de Londres. Él era el dueño del espacio y hasta se atrevía a marcar el ritmo al tiempo. Ahora, su protagonismo se veía comprometido y eso debía, cuanto menos, contrariarle. Hoy parece que tienen grandes planes para mi.
Llevo unas semanas aquí sometida a la celebración de un auténtico baile de máscaras. Finalmente he entendido que es mejor ponerme una cada vez, a poder ser de diferentes personajes, para que ellos me traten mejor. He conocido a una mujer en apariencia angelical, que ha resultado vestir la piel de una mantis religiosa. Su nombre es Ludmila y la primera frase que me regaló fue: "Vamos a utilizar esa cara y ese cuerpo para llevar a muchos hombres al cielo. De ti depende que tú subas con ellos". Yo pensé que ese cielo nada tenía que ver con el destino al que de niña mandábamos a las buenas personas.
Desde que apareció Ludmila todos se comportan diferente. John es un auténtico baboso con ella. Besa hasta su sombra, conformándose con recrear el deseo que siente por ella en silencio. Ludmila, consciente de su poder, le utiliza para satisfacer su ego llevándole de guardaespaldas o porteador, según necesite. Stephen está más serio. Parece que la respeta pero percibo una gran rivalidad entre ambos. Recuerdo la primera impresión que tuve cuando le conocí, rodeado de mujeres en la terraza del hotel Me de Londres. Él era el dueño del espacio y hasta se atrevía a marcar el ritmo al tiempo. Ahora, su protagonismo se veía comprometido y eso debía, cuanto menos, contrariarle. Hoy parece que tienen grandes planes para mi.
domingo, 29 de diciembre de 2013
CAPÍTULO 30: En busca de la mujer de la jaula de oro
Dos mujeres y un hombre se apresuran en llegar a sus respectivos aeropuertos. Los tres tienen
dos cosas en común: una, que no soportan las fiestas navideñas y toda la falsa felicidad que
las rodea; la otra, que piensan en la mujer por la cual viajan en esta fría, gris y lluviosa mañana
del 25 de diciembre. El mundo parece haberse detenido en un día como hoy, pero la sensación
desaparece en cuanto los componentes del trío cruzan puertas giratorias y se zambullen en el
bullicio de viajeros de las terminales.
Conocemos a las dos mujeres. Una, la rusa, es elegante y austera, de impresionante
envergadura y su mirada es tan gélida como el día. La otra, la catalana, vestida con sencillez, lo
observa todo a través de sus ojos curiosos y nobles. Se encaminan a las puertas de embarque
–en los aeropuertos internacionales de Samara y Barcelona– esperando que sus aviones con
destino a Nueva York no se retrasen. Hay muchas cosas que hacer en esa ciudad y no tienen
todo el tiempo que desearían.
A la tercera figura, la masculina, no la reconocemos.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Capítulo 26: Un mensaje para Guille
Una puerta se abre con cuidado. Eso es lo que oye Eme, que se resiste a abrir los ojos entre los recién abandonados vapores del sueño. La puerta, y la voz de John saludando a Stephen, que trae consigo unos deliciosos bollos. John no puede esperar más para contarle la conversación con Ludmila:
-Nuestra rusa está nerviosa, Stephen. Tiene ganas de ver a este portento de mujer que nos hemos agenciado para ella. Y, por supuesto, para nosotros.
Stephen sonríe, porque sabe que la impaciencia de esa mujer fría es una buena señal. El hecho que ella, que nunca deja traslucir sus emociones, se encuentre en esa tesitura no hace más que beneficiarlos. Cuanto más interés tenga la calculadora soviética, más aumentará el provecho que puedan sacar de todo ello, a parte del evidente disfrute que la barcelonesa les está proporcionando.
-Le habrás sugerido que es un poco precipitado llevarla ya a Rusia, ¿verdad?
-Claro, Stephen. No soy tonto. Le he comentado cuánto ha pagado por estar con ella el pintor y todo lo que estarán dispuestos a apoquinar otros hombres. Eme es preciosa y una excitante novedad. Todo le parece provocador y extraño, pero nos sigue la corriente. No podíamos encontrar a nadie mejor, "vírgen" en esto y con tantas ganas de probar dónde están sus límites.
-Nuestra rusa está nerviosa, Stephen. Tiene ganas de ver a este portento de mujer que nos hemos agenciado para ella. Y, por supuesto, para nosotros.
Stephen sonríe, porque sabe que la impaciencia de esa mujer fría es una buena señal. El hecho que ella, que nunca deja traslucir sus emociones, se encuentre en esa tesitura no hace más que beneficiarlos. Cuanto más interés tenga la calculadora soviética, más aumentará el provecho que puedan sacar de todo ello, a parte del evidente disfrute que la barcelonesa les está proporcionando.
-Le habrás sugerido que es un poco precipitado llevarla ya a Rusia, ¿verdad?
-Claro, Stephen. No soy tonto. Le he comentado cuánto ha pagado por estar con ella el pintor y todo lo que estarán dispuestos a apoquinar otros hombres. Eme es preciosa y una excitante novedad. Todo le parece provocador y extraño, pero nos sigue la corriente. No podíamos encontrar a nadie mejor, "vírgen" en esto y con tantas ganas de probar dónde están sus límites.
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